“Si alguien ha de morir en una guerra, ese debe ser el que la crea”…
No he podido evitar la rabia que he sentido cuando ví, hace unos días, a una ministra de Israel, delante de las camaras, con su pelo recién teñido y secado en la peluquería y su sonrisa de oreja a oreja como si no pasara nada… y mientras en el otro lado, la sanguinaria, inhumana y dolorosa trajedia de civiles muertos, de niños ensangrentados y sin vida portados por padres hundidos en el dolor de perder a sus pequeños…Es horrible…
Acaso alguien le pregunta a esa señora que está haciendo la comida para su familia que espera en la mesa, cuando de pronto una bomba acaba con ellos y con su hogar? … Que se maten entre ellos, esos señores y señoras enchaquetados que no saben ni lo que quieren, pero por favor, que no sigan con esta inhumana lucha, matando a personas inocentes…basta ya!
jueves, 8 de enero de 2009
viernes, 12 de diciembre de 2008
Truco para una tarde de invierno...

Es tan fácil como calzarse los zapatos y salir a la calle pensando en cada gota de lluvia que caerá sobre mi piel…Que los momentos sucesivos al primer paso que de hacia delante serán el inicio de un itinerario que fabrique para mi misma, donde el frío será el protagonista. La nariz se enrojecerá, las manos se encartonarán y buscarán los bolsillos de mi abrigo y veré como el vaho que suelte mi respiración ascenderá tal cual el proceso por el que las nubes se forman…Y será bonito imaginar que yo formo parte de esas nubes…
El silencio será mi única compañía e ignoraré al resto del mundo para centrarme únicamente en ese sentido de individualidad que crece por minutos, conforme voy dando mis pasos hacia ese destino al que estoy intentando llegar, que no es más que un pequeño parque que hay a las afueras de mi pequeño pueblo y que, seguramente, estará solitario…
Me paro en frente del columpio e imagino que paralelamente a este tiempo real, en otro tiempo diferido, existe un pequeño niño balanceándose en ese mismo columpio, con esa sonrisa tan pura y honesta que sólo los niños saben tener. Me doy la vuelta y escucho el barullo de un gato bajo un montón de hojas secas, pero no le veo y me asusto. Me acerco y el gato sale aún más asustado que yo, a toda prisa, hacia su refugio…Entonces, al girarme para volver hacia ese columpio, veo que se mueve, y aunque yo sé que ha sido empujado por el viento, me gusta imaginar que es ese niño que está jugando a descubrir la inestabilidad del movimiento encima de ese columpio…en otro espacio de tiempo que mis ojos no ven…
Y de fondo..."Tomorow, Avril Lavigne"
Metáfora...
Nadie dijo que fuera fácil caminar sobre una alfombra de cristales rotos. Corres el riesgo de cortarte, pero hay gente que lo hace y no sufre ni una simple rozadura. No sé donde estará el truco, pero seguro que lo hay…Los monjes tibetanos dicen que está en la mente, y puede que tengan razón, yo por si acaso, no lo intento, no vaya a ser que me corte, o por lo menos, no lo intentaré hasta que hable con uno de esos monjes y me diga cómo es eso de adiestrar la mente para no sufrir dolor…Te imaginas? Sería una pasada no tener miedo al dolor, porque podría caminar por esa alfombra de cristales, dejaría que me tumbarán en una tabla llena de puntillas o que me clavaran miles de espada, como esos trucos de magia… Sería una imagen irónicamente dantesca eso de verse a una misma con un montón de espadas, con una sonrisa de oreja a oreja, viendo correr la sangre de esas heridas producidas por el acero y no sentir ese dolor…sería inhumano? O sería una ventaja?...
miércoles, 10 de diciembre de 2008
El Paraiso Era Un Autobús (Juan José Millás)
"Él trabajó durante toda su vida en una ferretería del centro. A las ocho y media de la mañana llegaba a la parada del autobús y tomaba el primero, que no tardaba más de diez minutos. Ella trabajó también durante toda su vida en una mercería. Solía coger el autobús tres paradas después de la de él y se bajaba una antes. Debían salir a horas diferentes, pues por las tardes nunca coincidían.
Jamás se hablaron. Si había asientos libres, se sentaban de manera que cada uno pudiera ver al otro. Cuando el autobús iba lleno, se ponían en la parte de atrás, contemplando la calle y sintiendo cada uno de ellos la cercana presencia del otro.
Cogían las vacaciones el mismo mes, agosto, de manera que los primeros días de septiembre se miraban con más intensidad que el resto del año. Él solía regresar más moreno que ella, que tenía la piel muy blanca y seguramente algo delicada. Ninguno de ellos llegó a saber jamás cómo era la vida del otro: si estaba casado, si tenía hijos, si era feliz.
A lo largo de todos aquellos años se fueron lanzando mensajes no verbales sobre los que se podía especular ampliamente. Ella, por ejemplo, cogió la costumbre de llevar en el bolso una novela que a veces leía o fingía leer. A él le pareció eso un síntoma de sensibilidad al que respondió comprándose todos los días el periódico. Lo llevaba abierto por las páginas de internacional, como para sugerir que era un hombre informado y preocupado por los problemas del mundo. Si alguna vez, por la razón que fuera, ella faltaba a esa cita no acordada, él perdía el interés por todo y abandonaba el periódico en un asiento del autobús sin haberlo leído.
Así, durante una temporada en que ella estuvo enferma, él adelgazó varios kilos y descuidó su aseo personal hasta que le llamaron la atención en la ferretería: alguien que trabajaba con el público tenía la obligación de afeitar-se a diario.
Cuando al fin regresó, los dos parecían unos resucitados: ella, porque había sido operada a vida o muerte de una perforación intestinal de la que no se había quejado para no faltar a la cita; él, porque había enfermado de amor y melancolía. Pero, a los pocos días de volver a verse, ambos ganaron peso y comenzaron a asearse para el otro con el cuidado de antes.
Por aquellas fechas, él ascendió a encargado de la ferretería y se compró una agenda. Entonces, se sentaba tan cerca como podía de ella, la abría, y con un bolígrafo hacía complicadas anotaciones que sugerían muchos compromisos. Además, comenzó a llevar corbata, lo que obligó a ella, que siempre había ido muy arreglada, a cuidar más los complementos de sus vestidos. En aquella época ya no eran jóvenes, pero ella comenzó a ponerse unos pendientes muy grandes y algo llamativos que a él le volvían loco de deseo. La pasión, en lugar de disminuir con los años, crecía alimentada por el silencio y la falta de datos que cada uno tenía sobre el otro.
Pasaron otoños, primaveras, inviernos. A veces llovía y el viento aplastaba las gotas de lluvia contra los cristales del autobús, difuminando el paisaje urbano. Entonces, él imaginaba que el autobús era la casa de los dos. Había hecho unas divisiones imaginarias para colocar la cocina, el dormitorio de ellos, el cuarto de baño. E imaginaba una vida feliz: ellos vivían en el autobús, que no paraba de dar vueltas alrededor de la ciudad, y la lluvia o la niebla los protegía de las miradas de los de afuera. No había navidades, ni veranos, ni semanas santas. Todo el tiempo llovía y ellos viajaban solos, eternamente, sin hablarse, sin saber nada de si mismos. Abrazados.
Así fueron haciéndose mayores, envejeciendo sin dejar de mirarse. Y cuanto más mayores eran, más se amaban; y cuanto más se amaban más dificultades tenían para acercarse el uno al otro.
Y un día a él le dijeron que tenía que jubilarse y no lo entendió, pero de todas formas le hicieron los papeles y le rogaron que no volviera por la ferretería. Durante algún tiempo, siguió tomando el autobús a la hora de siempre, hasta que llegó al punto de no poder justificar frente a su mujer esas raras salidas.
De todos modos, a los pocos meses también ella se jubiló y el autobús dejó de ser su casa.
Ambos fueron languideciéndose por separado. El murió a los tres años de jubilarse y ella murió unos meses después. Casualmente fueron enterrados en dos nichos contiguos, donde seguramente cada uno siente la cercanía del otro y sueñan que el paraíso es un autobús sin paradas."
Jamás se hablaron. Si había asientos libres, se sentaban de manera que cada uno pudiera ver al otro. Cuando el autobús iba lleno, se ponían en la parte de atrás, contemplando la calle y sintiendo cada uno de ellos la cercana presencia del otro.
Cogían las vacaciones el mismo mes, agosto, de manera que los primeros días de septiembre se miraban con más intensidad que el resto del año. Él solía regresar más moreno que ella, que tenía la piel muy blanca y seguramente algo delicada. Ninguno de ellos llegó a saber jamás cómo era la vida del otro: si estaba casado, si tenía hijos, si era feliz.
A lo largo de todos aquellos años se fueron lanzando mensajes no verbales sobre los que se podía especular ampliamente. Ella, por ejemplo, cogió la costumbre de llevar en el bolso una novela que a veces leía o fingía leer. A él le pareció eso un síntoma de sensibilidad al que respondió comprándose todos los días el periódico. Lo llevaba abierto por las páginas de internacional, como para sugerir que era un hombre informado y preocupado por los problemas del mundo. Si alguna vez, por la razón que fuera, ella faltaba a esa cita no acordada, él perdía el interés por todo y abandonaba el periódico en un asiento del autobús sin haberlo leído.
Así, durante una temporada en que ella estuvo enferma, él adelgazó varios kilos y descuidó su aseo personal hasta que le llamaron la atención en la ferretería: alguien que trabajaba con el público tenía la obligación de afeitar-se a diario.
Cuando al fin regresó, los dos parecían unos resucitados: ella, porque había sido operada a vida o muerte de una perforación intestinal de la que no se había quejado para no faltar a la cita; él, porque había enfermado de amor y melancolía. Pero, a los pocos días de volver a verse, ambos ganaron peso y comenzaron a asearse para el otro con el cuidado de antes.
Por aquellas fechas, él ascendió a encargado de la ferretería y se compró una agenda. Entonces, se sentaba tan cerca como podía de ella, la abría, y con un bolígrafo hacía complicadas anotaciones que sugerían muchos compromisos. Además, comenzó a llevar corbata, lo que obligó a ella, que siempre había ido muy arreglada, a cuidar más los complementos de sus vestidos. En aquella época ya no eran jóvenes, pero ella comenzó a ponerse unos pendientes muy grandes y algo llamativos que a él le volvían loco de deseo. La pasión, en lugar de disminuir con los años, crecía alimentada por el silencio y la falta de datos que cada uno tenía sobre el otro.
Pasaron otoños, primaveras, inviernos. A veces llovía y el viento aplastaba las gotas de lluvia contra los cristales del autobús, difuminando el paisaje urbano. Entonces, él imaginaba que el autobús era la casa de los dos. Había hecho unas divisiones imaginarias para colocar la cocina, el dormitorio de ellos, el cuarto de baño. E imaginaba una vida feliz: ellos vivían en el autobús, que no paraba de dar vueltas alrededor de la ciudad, y la lluvia o la niebla los protegía de las miradas de los de afuera. No había navidades, ni veranos, ni semanas santas. Todo el tiempo llovía y ellos viajaban solos, eternamente, sin hablarse, sin saber nada de si mismos. Abrazados.
Así fueron haciéndose mayores, envejeciendo sin dejar de mirarse. Y cuanto más mayores eran, más se amaban; y cuanto más se amaban más dificultades tenían para acercarse el uno al otro.
Y un día a él le dijeron que tenía que jubilarse y no lo entendió, pero de todas formas le hicieron los papeles y le rogaron que no volviera por la ferretería. Durante algún tiempo, siguió tomando el autobús a la hora de siempre, hasta que llegó al punto de no poder justificar frente a su mujer esas raras salidas.
De todos modos, a los pocos meses también ella se jubiló y el autobús dejó de ser su casa.
Ambos fueron languideciéndose por separado. El murió a los tres años de jubilarse y ella murió unos meses después. Casualmente fueron enterrados en dos nichos contiguos, donde seguramente cada uno siente la cercanía del otro y sueñan que el paraíso es un autobús sin paradas."
martes, 9 de diciembre de 2008
Egoismo Razonable...
"La verdadera libertad empieza en el individuo, en uno mismo.
Para saber decir yo te amo, primero hay que saber decir YO.
La necesidad de pensar de vez en cuando en uno mismo para conseguir el equilibrio personal.
La necesidad de hacerte valer para que los demás te valoren, de tener la valentía de mostrar tus sentimientos sin juzgar y sin miedo a ser juzgado, de defender como de verdad es uno por encima de lo que piensen los demás.
La necesidad de ser simplemente feliz sin dar explicaciones a nadie, sean cuales sean las consecuencias..."
La Rebelión de Atlas "Ayn Rand"
"¿Conoce usted el estado de ánimo de quienes ocupan un lugar secundario en la vida? Están dominados por el odio hacia los logros de los demás. Son mediocres que permanecen quietos, temblorosos, temiendo que el trabajo de otros resulte mejor que el suyo. No tienen la menor idea de la soledad que se apodera de uno cuando se alcanza la cima, la soledad de anhelar un igual, una mente capaz de respetar y de admirar el éxito ajeno. Nos enseñan los dientes desde sus madrigueras, pensando que a uno le complace que el propio brillo los haga casi invisibles, mientras la realidad es que cualquiera daría un año de su vida para observar un chispazo de talento en alguno de ellos. Envidian el éxito y su sueño de grandeza es un mundo en el que todos sean inferiores a ellos y así lo reconozcan. No se dan cuenta de que dicho sueño es la prueba infalible de su mediocridad, porque semejante mundo es precisamente el que el exitoso no podría soportar. No tienen modo de saber lo que aquél siente cuando está rodeado de inferiores ¿Odio? No, no es odio, sino aburrimiento, un aburrimiento terrible, desesperanzado, vacío y paralizante ¿De qué sirven la alabanza y la adulación provenientes de personas que uno no respeta? ¿Ha sentido alguna vez el anhelo de encontrar a alguien que le provoque admiración? ¿Alguien a quien no mirar desde arriba, sino todo lo contrario?"
miércoles, 12 de noviembre de 2008
21 gramos "REVOLVER"
Así se llama el último trabajo de Carlos Goñi.Autor e intérprete de todas las canciones. Además, produce, dirige y toca él mismo casi todos los instrumentos
Y como presentación "Tiempo Pequeño"...
Y como presentación "Tiempo Pequeño"...
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